Una vez me dijeron que para tomar conciencia de lo feliz que era, me proponían hacer una lista de todas las cosas que me hicieran sentir bien. La verdad es que es un pequeño ejercicio que os invito a hacer porque realmente es muy reconfortante. Si lo hacéis desde dentro, os daréis cuenta de que muchas de ellas son pequeñas cosas del día a día, muchas relacionadas con nuestros seres queridos, nuestro entorno y las cosas que hacemos, y no con cosas materiales y superficiales.
En mi lista aparecen momentos muy concretos relacionados con la naturaleza, que me hacen sentir viva, relajada y que me llenan de energía positiva. Me cargan las pilas para enfrentar el día a día con más ganas e ilusión. Además muchos de ellos me trasladan a otros momentos felices de mi niñez que me producen sensaciones agradables y de un profundo bienestar. De alguna forma esta lista me hizo ser consciente de que en circunstancias de estrés y agobios, cuando la mente se nos nubla y no somos capaces de conseguir rebajar esa tensión que nos invade, es imprescindible repasar esa lista y escapar, en la medida de lo posible, al punto más cercano de ella y dedicarle aunque sea apenas unos minutos.
Muchas de estas situaciones que comento se producen en primavera y otoño, que quizás es cuando más sensibles estamos por la llegada de los días cálidos o por su despedida. Pero a la vez es cuando la naturaleza más nos premia con sus coloridos y tonalidades, con unas vistas maravillosas y unas temperaturas más agradables. Reconozco su efecto regenerador, ya que verdaderamente me hacen sentir bien conmigo misma.
Comparto con vosotros, mi parte de la lista que recoge esos momentos de escapada que os comento y que son tan dulces para mí.
Dar un paseo por el campo respirando aire puro, sintiendo esa brisa tan agradable de los días suaves en mi rosto, apreciando los colores y olores del entorno. La frescura de la yerba húmeda por el rocío de la mañana, el olor de la madera y la tierra mojada, los aromas de las flores...

Disfrutar de las verdes praderas llenas de amapolas y flores silvestres, con las que jugaba a frailes y monjas, y hacía coronas de flores. En las que te puedes tumbar para apreciar mejor la inmensidad del cielo y las formas de las nubes de algodón que pasan por encima.

Disfrutar del colorido de las flores en el mes de mayo, y de la fragancia embriagadora de muchas de ellas. Me hacen recordar los preciosos ramos que mamá preparaba para el cole con las lilas y las rosas de mil pétalos que tenía el abuelo a la puerta de casa.

Escuchar el susurro del agua corriendo entre las piedras en un arroyo o río. Me recuerda a cuando acompañaba a mi padre a pescar truchas y, mientras esperábamos a que picasen, yo tiraba piedras o palos al agua y hacía barquitos con hojas o cortezas de árbol.

Sentir la fuerza del agua de una cascada, me hace reflexionar sobre las cosas contra las que no se puede luchar. Lo mejor es dejarse llevar e intentar disfrutar del camino con la mayor calma y serenidad posibles.

Me encanta el sonido alegre y melodioso de los pájaros canturreando. Me apetece acompañarles y me recuerda mucho a cuando escuchábamos el cuco con mi padre. Le cantábamos para preguntarle los años que íbamos a vivir.

Degustar frutas recién cogidas del árbol, sentir su intenso sabor es algo único y maravilloso, un auténtico lujo que me recuerda mucho a cuando subía a los árboles del abuelo a coger las manzanas, le daba un mordisco a la que mejor pinta tenía, ¡deliciosa!

Alcanzar a ver una vista preciosa de un valle desde,lo alto. Te da una sensación de inmensa satisfacción por el esfuerzo realizado. El horizonte que se abre ante ti, te hace sentir pequeño y libre a la vez, reflexionar y abrir la mente.

Ver arder el fuego en una chimenea u hoguera, genera un momento distendido en el que el tiempo vuela al percibir las distintas formas y colores de las llamas consumiendo la leña.

Disfrutar del paisaje en el agua en calma de un lago, e incluso tu propio reflejo, es la mejor instantánea para tomar conciencia de ese momento y de tu propia persona en el hoy y ahora.

Dar unos buenos tragos de agua clara y cristalina después de un buen paseo por el campo. La sensación de su frescura, naturalidad e incluso sabor, te llena de salud y vitalidad.

Terminar el día con una preciosa puesta de sol, en la que poder apreciar las tonalidades y formas en la lejanía hasta que el sol desaparece por completo me produce un efecto de paz y serenidad absoluta.

Muchas de las huellas que estos momentos dejan en mi vida, vienen dados de la mano de mis padres. Ellos son muy aficionados a salir al campo, quizás porque les recuerda esa libertad de su infancia en el pueblo, como ya os conté hace unas semanas (aquí). Mi hermana y yo hemos estado en contacto con la naturaleza casi de forma permanente. En cuanto había un rayo de sol, ya estábamos haciendo la mochila para ver una cascada, un lago, un río, un valle,... Comíamos un bocata sentados en una piedra y a seguir el paseo relajado y tranquilo disfrutando del entorno. Afortunadamente estamos rodeados de muchos recursos naturales cerca de casa, una gran suerte para poder pegarnos estas escapadas que siempre resultan tan necesarias.
Inevitablemente esto es algo que de forma natural y espontánea estoy repitiendo con mis peques. Compartir mis momentos de calidad con estas actividades tan sencillas y sanas, me hacen bien a mí y ellos las viven y disfrutan enormemente. El contacto en armonía con la naturaleza y la familia les enseña a percibir el gran valor que tienen las pequeñas cosas. Genera recuerdos, vivencias y energía positiva, en definitiva "La magia envuelve nuestro entorno".