Me considero una privilegiada porque muchos de mis amigos y compañeros del cole no tenían la suerte de poder disfrutar de un pueblo cuando eran pequeños. En cuanto llegaba la primavera o el verano nos faltaba tiempo para ir allí a pasar unos días. En el pueblo todo era distinto a la rutina diaria de la ciudad. Tenías licencia para ir, volver, salir y tornar donde quisieras sin apenas dar explicaciones. Te levantabas por la mañana y en cuanto desayunabas ya te ibas a buscar a los amigos para recorrer todas las calles y caminos con la bici, mancharte la ropa de barro jugando a hacer comiditas y romper las zapatillas hasta enseñar el dedo por tanto escalar, correr y patear. Todos íbamos iguales, era el "look" de pueblo. Jugabamos a un montón de cosas, y no nos aburríamos en absoluto. Ni nos acordábamos de la tele. Todo era distinto en el pueblo, y lo mejor era esa sensación libertad total y absoluta, en la que tú eras dueño de tu tiempo y actividades.
Pero además de esto hay otra razón por la que me siento afortunada de que mis padres sean de pueblo. Ellos nacieron y vivieron su más tierna infancia en el campo, entre animales y en armonía con la naturaleza. En épocas difíciles eso sí, porque fue en la posguerra y había muchas necesidades, pero quizás sea otro de los grandes valores que tienen, ya que hizo que desarrollasen un montón de habilidades y talentos, como su imaginación y creatividad, pero también que valorasen y viesen la vida de una forma muy distinta a la que tenemos ahora. He escuchado sus historias del pueblo desde que era pequeñita, y con los años he podido entender cómo esas experiencias les han marcado la vida, sus valores y su forma de ser. Verlo con la perspectiva de los años y la experiencia, hace que comprendamos mejor a esas personas con las que tanto hemos convivido y nos acerquemos más a ellas. Valorando enormemente su fortaleza y sencillez.
Aunque no había mucho que comer, siempre buscaban la forma de cazar algún animalillo, pescar con la mano peces y cangrejos, escalar árboles para coger algún huevo de un nido o alguna manzana o pera. Y para que algún gato no levantase la tapa del puchero y se comiese la ración de cuatro, había que andar listo y cerrar bien puertas y ventanas. Entonces se bebía la leche directamente de la cabra o la oveja, y sin pasteurizar, ni calentar en microondas, la temperatura era perfecta y sabía "a teta de novicia". El hambre agudizaba el ingenio y la destreza.
La mejor amiga muchas veces era una borriquilla que ayudaba en las tareas del campo, y que te acompañaba y ayudaba en todo lo que necesitases. A falta de la bici, el paseo en burra podía ser muy divertido. Poner los cencerros a las cabritas también estimulaba a los niños, y dormir con el rumor natural del agua del riachuelo que corría junto a la casa, era de lo más relajante. En otros casos el arrullo y ronroneo de los gatos, podía ser una alternativa a los peluches, y a falta de chupete siempre se tenía el dedo gordo a mano.
Los niños trabajaban duramente en las tareas del campo y la casa, y no tenían mucho tiempo para jugar. Pero cuando podían se las apañaban para hacerse sus propios muñecos de trapo y juguetes con cualquier cosa que encontrasen. Aprendían a usar herramientas, sin miedo a que se cortasen, y tenían que cocinar y hacer fuegos, sin miedo a que se quemasen. Era un mundo hecho para valientes. Por supuesto en casa no había agua corriente, por lo que todos los días había que ir con cántaros y botijos a las fuentes, la ropa la lavaban en los lavaderos, y se bañaban en el río. Tampoco había luz y tocaba usar las velas y los candiles. Ni calefacción, por lo que había que calentar la cama con las ascuas del fuego de la chimenea. Admirable la dureza de las condiciones de vida para unos niños, visto desde la perspectiva actual.
Entonces las cosas se arreglaban, se reparaban, se cosían, se remendaban, una y otra vez, las veces que fueran necesarias, no existía el ya se comprará otro. La ropa, las mantas, las cazuelas ... Todo se hacía a mano, había artesanos y verdaderos profesionales, expertos en lo suyo. Se podía vivir de su talento y habilidad para hacer las cosas. Se compraba solo lo estrictamente necesario y existía el trueque. Que contraste tan grande con el consumismo que tenemos ahora y esto fue apenas hace 50 años. Es para pararse a pensar...
Supongo que podría seguir enumerando muchas anécdotas, y referencias contadas sobre aquellos años. Pero al fin y al cabo lo más importante es que, a pesar de todas esas carencias en lo material, ellos recuerdan esa época de su vida con añoranza y felicidad absoluta. Dejar el pueblo e ir a la ciudad con 10 y 12 años fue un cambio radical en su forma de vida que ya no tuvo vuelta atrás, hasta el día de hoy.
Y con esa gran enseñanza me quedo: no se necesita mucho en la vida para ser feliz, y menos cuando se es niño. Y que a pesar de que hoy en día tenemos más que cubiertas las necesidades, ellos no se han dejado arrastrar por el mundo materialista en el que vivimos, manteniendo esos valores de humildad, sencillez, tesón, sacrificio y superación personal que aprendieron de pequeños. Me lo han demostrado y transmitido día a día con su ejemplo y se lo agradezco enormemente.







