Antes de ayer se nos acabó la semanita de vacaciones inesperada e improvisada en la playa. Quizás ese fue el motivo de que para mí fuera tan especial. Mis peques están en una edad preciosa, y cualquier momento que pueda tener con ellos para disfrutarles de forma relajada, sin prisas ni obligaciones, es un auténtico lujo. Un placer que trato de exprimir al máximo para conseguir saborear la dulzura de esos pequeños momentos de felicidad.
El caso es que como suele suceder con la morriña del último día, siempre me doy un último paseo al atardecer por la orilla de la playa. Me gusta sentir la arena mojada en los pies y la calidez del agua, que no tendré el privilegio de percibir hasta el próximo verano. Mientras recuerdo los mejores momentos vividos en los últimos 7 días, e inevitablemente me sale una sonrisa espontánea, al visualizar en mi mente los instantes más divertidos e intensos con mis peques.
Las cosquillas que hago a Diego y sus risas mientras estamos tumbados en la toalla son maravillosas, una auténtica terapia de salud y bienestar. Los abrazos fuertes en el agua cuando necesita sentir la seguridad y el calor de mamá. La imaginación y ocurrencias de Daniel con sus coches y juegos no tiene límites. Todo se transforma en uno de ellos y da pie a una carrera en la que todos podemos participar, sea en arena o agua. Su bondad y empatía con Diego, su generosidad y cariño hacia él, me enorgullecen y emocionan enormemente. Ya empiezan a jugar e interaccionar, a compartir bonitos momentos que afianzarán aún más su amor fraternal. La verdad es que es un verdadero gusto ser espectador de primera fila en este momento de su vida.
En el paseo observo los castillos y construcciones abandonados en la arena de la playa, y automáticamente me viene a la mente uno de los momentos mágicos vividos en ese mismo lugar. No tiene nada de especial por su sencillez, pero al instante veo su importancia y valor. Así que decido compartirlo con este post en el blog.
Una de las tardes de playa, a papá se le ocurrió hacer una presa y una cascada para ver como corría el agua. La idea parecía divertida, teníamos que buscar un sitio cerca del agua, que tuviera pendiente y suficiente margen para hacer unas cuantas curvas que diera emoción al descenso del torrente de agua desde el embalse. Creo que todos de pequeños hemos jugado a eso alguna vez. Normalmente es más papá el que construye cosas con ellos en la playa, pero esta vez me picó el gusanillo, ya que nunca lo habían hecho, y fui con ellos. ¡Estábamos todos!¡El equipo al completo! Toda la familia equipada con palas y cubos dispuesta a llevar a cabo la obra, ilusionados como auténticos niños y contagiados por el espíritu emprendedor de papá.
Encontrado el lugar perfecto papá trazó y explicó en detalle como iba a ser la obra, y cómo teníamos que ir trabajando. Así que pala en mano nos organizamos y nos pusimos cada uno por un lado a escavar. Reforzábamos las paredes del embalse con las manos, cambiábamos la arena de un sitio a otro. Todos pedíamos ayuda o aportábamos alguna idea y colaborábamos de una forma fantástica. Luego llegó el momento culmen de probarlo y fue muy divertido. Diego y mamá, más movidos y activos, íbamos a por agua con los cubos para llenar el embalse, y papá y Daniel, más analíticos y observadores, revisaban, reparaban y cuidaban de que la construcción aguantase el torrente de agua. Estuvimos casi dos horas de lo más entretenidos y ¡disfrutamos como enanos!
Fue genial que todo surgiera de forma natural, porque sin saberlo, en ese tiempo de calidad que compartimos con nuestros hijos les transmitimos con el ejemplo auténticos valores de unidad, respeto, ayuda y colaboración. Un verdadero trabajo en equipo en el que instintivamente cada uno utilizó sus fortalezas para dar lo mejor de si mismo, con un único objetivo común que aquello saliera adelante para experimentar y divertirnos todos juntos.
