
No se por qué, allí adonde voy, siempre me han llamado mucho la atención las puertas antiguas. Son puertas tremendamente enigmáticas y originales, con gran personalidad, robustas y pesadas, testigos imperturbables de muchas historias y misterios. Todas ellas me dan pie a pensar e imaginar todo lo que han visto pasar, e incluso lo que detrás de ellas se esconde. A veces me evocan tristeza y penuria, otras lujo y ostentación, pero las que más me gustan son las que despiertan en mi la fantasía y el romanticismo. Recuerdo que cuando era pequeña me gustaba imaginarme vestida con los trajes de época en ese mismo lugar. Supongo que como a todas las niñas de antes, nos encantaba vernos con esos vestidos pomposos que llevaba Sisi.
Entonces en la infancia y desde la más pura inocencia, todo lo idealizaba, para mí era como estar viviendo en un cuento donde los malos siempre pierden y todo tiene un final feliz, "y fueron felices y comieron perdices" ¿no es así? Ante una puerta medio abierta, nada me impedía asomar la nariz para curiosear, y ¡qué decir si me invitaban o proponían pasar! ¡Ni me lo pensaba! Entraba corriendo sin ningún tipo de miedo ni reparo, con la boca y los ojos abiertos de par en par para comprobar la verdadera realidad.
Quiero pensar que. a pesar de que la vida me ha ido curtiendo y poniendo a prueba, todo ello no ha hecho que en el fondo pierda mi verdadera esencia. Esa inocencia de creer que un mundo y una vida mejor puede existir, que no nos tenemos que conformar con lo que no nos gusta o nos hace sentir mal. Que no tienes por qué creer que la vida es dura y que hay que saber aguantar, que allá donde vayamos siempre nos vamos a encontrar "un malo" o personas que nos puedan tratar de una forma inadecuada, y que en todos los sitios cuecen habas. Lo siento pero creo que no se puede aceptar vivir una vida por debajo de unas mínimas expectativas. Hay quien puede pensar que soy una ilusa, pero creo que eso no se puede saber hasta que no cruzas el límite de la tan nombrada zona de confort.
Desde luego reconozco que no es nada fácil salir de ella, incluso a veces tú mismo no eres capaz de dar el paso y tienes que provocar que otros lo den por ti. También las circunstancias económicas, familiares o laborales mandan, y mucho. Pero además están los miedos y creencias que muchas veces nos paralizan y nos hacen dudar de lo que realmente somos o queremos ser, y hay que ser valiente para luchar día a día contra ellos sin perder la perspectiva.
Debo recordar que, en este largo laberinto de la vida, solo dependerá de mí seguir abriendo nuevas puertas que me acerquen al punto donde yo quiera llegar. Nunca me olvidaré de esa niña inocente, que tras una nueva puerta que se abre, se deja llevar por la ilusión de encontrar ese lugar de cuento con el que sueña, que se motiva ante las aventuras que en él pueda vivir, que está deseando descubrir cosas nuevas que le hagan crecer, y que cree que los personajes mágicos que le pueden ayudar existen de verdad. ¡Nunca olvides el niño que fuiste!