Hace unos cuantos años hicimos una escapada en la semana del puente de la Inmaculada a la zona de la Alsacia en el noreste de Francia, muy cerquita de la frontera con Alemania. Recuerdo que fue un viaje muy especial porque nunca nos habíamos movido en esas fechas por Europa, pero nos habían comentado que al estar cerca de la Navidad, había ciertos lugares que se impregnaban de una magia especial entorno a sus mercadillos.
Realmente fue precioso, por las sensaciones que todos esos rincones que visitamos despertaron en mí. Ese viaje me hizo recordar la alegría que la Navidad me originaba de niña, quizás el momento más intenso y mágico del año. La emoción de las luces, la decoración y la música a pie de calle, todo ello puesto en un escenario de cuento, me devolvieron el espíritu navideño que durante años había permanecido dormido y algo olvidado.
Los pueblecitos que recorrimos y sus casas, parecían sacadas del cuento de Hansel y Gretel. Me hicieron recordar la casita de chocolate y dulces tan apetecible de aquel cuento, que tantas veces había leído de pequeña. Los ojos se me ponían como platos con cada edificio y plaza, de forma espontánea en mi cara se dibujaba una sonrisa al imaginarme dando un mordisco a un trocito de cualquiera de ellas. Simplemente era fantástico, maravillada por todo lo que me rodeaba, me sentía como la protagonista del cuento.
Los detalles y la decoración de cada tienda, escaparate, ventana y fachada me despertaban la ternura de la infancia. Me sorprendía una y otra vez, descubriendo cosas extraordinarias que me transmitían una sensación tierna y acogedora. Me sentía realmente a gusto rodeada de todo aquello.
Desde luego me cambió el concepto de la decoración navideña por completo y mi casa esa Navidad dio un giro de 180 grados. Me traje un montón de decoración de sus mercados navideños, que le dieron a mi casa y a mi árbol de Navidad un toque mucho más entrañable y hogareño.
¡Y cuando llegaba la noche! las luces se encendían, los colores vivos de las casas resplandecían aún más. La magia del lugar llegaba a su culmen. El ambiente de los mercados, las miles y miles de curiosidades que me encontraba en sus puestos, los tiovivos, el olor de los dulces y el vino con canela,... Todo te envolvía y embriagaba de la ilusión y la magia de la Navidad.
Como nosotros estuvimos varios días, tuvimos tiempo de sobra de darnos una escapada hasta Triberg, en el país vecino. Es conocido por ser la cuna de los relojes de Cuco. Recuerdo que de pequeña me regalaron uno y lo tenía colgado en la pared de la habitación junto a la puerta. También recuerdo que había que darle cuerda con una llave, y que luego se oía el tic-tac durante horas hasta que se gastaba y tenías que volver a darle cuerda de nuevo. En el mío había una niña montada en un columpio que subía y bajaba con cada segundo. No sé dónde terminaría aquel reloj, pero me hizo una ilusión tremenda ver todas aquellas preciosidades, muchas de ellas artesanales y de gran valor. Mereció la pena la excursión, y si os animáis os aconsejo que lo visitéis. Os dejo alguna imagen del lugar en el que tuve el reencuentro con el recuerdo de mi antiguo reloj de Cuco.
Un placer haber compartido estos momentos y lugares mágicos con vosotros. Y si habéis tenido una experiencia así, por favor será un placer leerla en vuestros comentarios. Os esperamos.



















Qué bonitas fotos!! Es precioso. Algún día iré a conocerlo.
Me alegro de que te guste, ya nos contarás tu experiencia.
Ana y yo recorrimos estos pueblecitos siendo todavía novios y volvimos a casa pensando q aquí la navidad parece q no se celebra, o x lo menos no x todo lo grande!! Muchas gracias Noelia x devolvernos esos recuerdos
Mario la satisfacción es mia por haberte devuelto aquellos bonitos rincones escondidos en tu memoria. Ciertamente la Navidad allí se vive de una forma completamente diferente, el espiritu llega ¡Y de que manera!. Gracias a ti por compartir y confirmar las sensaciones que la magia del lugar transmite.