Nos acabamos de despedir del verano, y como nostálgica ya más que reconocida, me ha dado por recopilar algunos momentos vividos con Dani y Diego en el pueblo. Este año hemos tenido que "pueblerinear" más que otros años, y creo que por eso me han venido a la cabeza más recuerdos de niña. Como ya os comente en algún otro post , para mi tener pueblo es una suerte.
Entonces solo teníamos un montón de piedras, tierra, agua y rocas para jugar con nuestros amigos. A veces hasta las bicis nos las teníamos que turnar, y los únicos juguetes que teníamos eran los cacharros y pucheros viejos de los abuelos. Los usábamos para hacer comiditas con barro y hierbajos, que preparábamos con ayuda de palos. Recuerdo que nos disfrazábamos con los trapos viejos que encontrábamos en los baúles. Estos estaban en el desván, al que solo subías una vez al año cuando mi padre habría esa portezuela del techo y apoyaba la escalera. La curiosidad me podía y en un descuido te colabas por ella para redescubrir esas antiguallas que tanto te llamaban la atención y te hacían volar la imaginación. El desván era de esos de película o cuento, lleno de polvo y telarañas, pero con un montón de cosas curiosas que jamás habías visto.
Cuando con la distancia de los años ves cómo ha cambiado todo te da mucho por pensar. Eran épocas y generaciones distintas, y con eso no quiero decir que ninguna de ellas sea ni mejor, ni peor, simplemente son diferentes con sus cosas buenas y sus cosas malas. Cada generación ha sido distinta a la siguiente pero el pueblo siempre ha aportado la misma ventaja en todas ellas la LIBERTAD.
Entrar, salir, subir, bajar, ir, volver,…Y qué decir de tener todos los recursos naturales al alcance de la mano, para poder usarlos como tú quieras ¡Qué mejor forma de usar la imaginación y desarrollar el ingenio y la creatividad! Considero que esto es algo importante que fomentar en mis peques, ya que es un valor fundamental y diferencial en cada persona. Y el pueblo te permite crecer en este sentido, da confianza, autonomía, y mucha autoestima. Siempre me da la sensación de que en dos semanas en el pueblo se espabilan y sueltan más que en meses durante el curso.
Este verano hemos aprovechado a hacer todo eso que la ciudad y la rutina del día a día no nos permite hacer. Sin por supuesto renunciar a nuestra verdadera esencia e identidad propias. Así que comparto con vosotros algunas de las sencillas actividades que estos días estivales nos han dejado.
RECOGIENDO FLORES SILVESTRES: la tarea de ir cortando flores es muy entretenida, además luego podemos hacer preciosos ramos y coronas de flores. Disfrutamos de su aroma y colorido. Ya sabéis esas pequeñas cosas que te hacen sentir bien.





JUGANDO CON LA ARENA, EL AGUA Y LAS ROCAS: el hacer barro y construcciones con la arena no es algo que solo se tenga que limitar a la playa, cualquier lugar puede servir. En este caso incluso, el entorno permitió a Daniel improvisar una caravana de coches viejos, que fue recopilando por casa. Vivieron un montón de aventuras por túneles y caminos escarpados, y como no podía ser de otra forma el juego terminó en una magnífica carrera ¡Esencia pura! la luz que no debe perder nunca vaya donde vaya.





PINTANDO Y CREANDO: vayamos donde vayamos, y como yo tampoco puedo renunciar a mi verdadera esencia, me llevo el rincón creativo en la maleta y lo planto en la calle más ancha que larga. Así mientras respiramos aire puro y sentimos la cálida brisa del verano en la cara, nos divertimos pintando y decorando: arena, piedras, rocas, palos, ... Hasta nos hemos hecho camisetas para disfrutar de ellas este veranito.
EN CONTACTO CON LA NATURALEZA: hemos disfrutado del sol y el aire puro dando paseos, del contacto con los animales, hemos puesto a prueba nuestras habilidades escalando rocas, tirando piedras al río y surcando los caminos de arena y piedras con la bici. Me ha encantado disfrutar de la gran evolución que el pueblo le ha permitido dar a Diego en estas semanas, despertando en él muchas curiosidades.









